Hubo una época en que estar en mí, conmigo, no resultaba tarea fácil.
Calmar el gato que arañaba el estómago cada viernes, cada fin de semana sin planes organizados, requería viajar por toda la agenda de la A a la Z y buscar con quien aliviar lo que no tenía nombre.
¿Qué sinónimo utilizamos para la ansiedad? Pena, tristeza, desvalimiento, miedo, desconfianza, desarraigo.
No sé.
Lo que sí sé es cómo somos auténticas tutoras y tutores de supervivencia y desarrollamos todo tipo de estrategias para llegar al hoy vivas y con algo de calma.
He sobrevivido a las travesías del desierto dándome cuenta de que todo absolutamente todo es transitorio, hablándome con compasión y con algo del amor y el cuidado que le dedico a los demás, poniendo atención a lo que me cuento, cuál es mi narrativa sobre mi vida, sobre la existencia.
Saliendo del ombligo también. Los derechos autoasignados individualmente me desconciertan.
Discriminando bien con quién comparto el camino (relaciones que sean de calidad y mínimamente predecibles frente a la agenda llena), leyendo y aprendiendo todo lo que puedo y sabiendo a cada momento lo privilegiadas que somos, que soy, por estar aquí.
Riendo, prima, riendo un montón he sobrevivido.
Ampliando el espíritu crítico pero sin que sea mi esquina favorita, por favor.
Y especialmente no asustándome del silencio fértil, ese al que tenemos como monstruo aceitoso y que si escuchamos tan solo nos devuelve con amabilidad un:
– Tranquila, cariño. Descansa y lee.
Quizá no lo estuvo, pero ahora todo está bien.
Si vuelve el camino pedregoso, prima, ya lo conocemos.

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