La cantera que llevamos dentro

 

Al principio nadie lo llama extractivismo, pero bien explicado, seguro que lo entendemos porque se ha convertido en un mal endémico de nuestro tiempo. Comencemos. Pongo algunos ejemplos, pero podría poner otros o, mejor aún, piensas tú en otros distintos.  Ella dice que necesita sentirse querida. Él, que necesita espacio. Una madre recuerda todo lo que hizo por su hijo. Un hijo llama a su padre cuando necesita dinero. Una abuela recoge a los nietos porque alguien tiene que hacerlo. Un amigo escucha durante dos horas una desgracia que nunca encuentra el camino de vuelta cuando la desgracia es suya.

Nadie habla de minas. Y, sin embargo, en muchas relaciones existen canteras. Lugares de donde se extrae algo hasta que deja de quedar suficiente para que la persona siga siendo ella misma. La palabra (“extractivismo”) puede parecer excesiva aplicada a los afectos. Estamos acostumbrados a reservarla para las montañas abiertas en canal, los bosques talados, los acuíferos vaciados o los territorios de los que alguien (normalmente grandes corporaciones) se lleva aquello que necesita y deja detrás un paisaje irreconocible. Pero el mecanismo no es tan diferente cuando lo que se extrae no es litio, petróleo o madera, sino tiempo, atención, paciencia, deseo, cuidados, reconocimiento, contactos, dinero, compañía o consuelo.

Y es que también las personas pueden convertirse en “territorio a explotar”. La primera cantera suele abrirse sin violencia. Una pareja empieza a pedir pequeñas cosas. “Quédate conmigo”. “Ayúdame”. “Necesito que me entiendas”. Después llegan otras. Más tiempo. Más disponibilidad. Más renuncias. El amor, que debía ser un lugar donde dos personas pudieran crecer, empieza a parecerse a una cuenta corriente: uno deposita y el otro retira. Hasta que un día alguien descubre que lleva años confundiendo querer con abastecer.

No siempre existe un explotador consciente. Esa es quizá la parte más incómoda. Muchas veces quien extrae cree estar simplemente buscando lo que necesita. Y quien permite la extracción puede creer que amar consiste precisamente en darlo todo. La frontera se vuelve casi invisible. Solo aparece cuando alguien se queda sin fuerzas y descubre que llevaba demasiado tiempo entregando aquello que ya no tenía.

En las familias ocurre algo parecido. Existe una madre que organiza la vida de todos, un padre que sale a la “caza del salario”, una hija que acompaña a quien envejece, un hermano que paga, otra hermana que media en cada conflicto. Son las personas “de confianza”. Las que siempre están. Esa expresión aparentemente cariñosa puede esconder una condena: precisamente porque siempre están, nadie pregunta cuánto les cuesta estar.

También existen hijos convertidos en proyectos. Se les educa, se les protege, se les ofrece todo lo que los padres no tuvieron. Y un día aparece la factura, a veces pronunciada y otras silenciosa: “después de todo lo que hemos hecho por ti”. El hijo deja de ser una persona que recibió cuidados y pasa a convertirse en una inversión que debería producir gratitud, compañía, éxito o continuidad.

En el otro extremo, padres que envejecen pueden transformarse en una infraestructura familiar: banco, taxi, cocina, guardería o almacén de tiempo. Los abuelos aman a sus nietos, naturalmente. Pero una cosa es cuidar porque se desea y otra muy distinta que la familia haya decidido, sin consultarlos, que sus últimos años están disponibles para resolver la vida de los demás.

Hay extractivismos que llevan siglos escondidos detrás de una palabra hermosa: familia. También la amistad puede tener pozos. Ese amigo al que llamamos únicamente cuando necesitamos hablar. La persona cuyos contactos utilizamos. La que siempre encuentra un hueco, consigue una entrada, presta dinero, escucha nuestra ruptura, nos acompaña al hospital. A veces descubrimos que conocemos perfectamente sus recursos y apenas conocemos sus silencios.

Y entonces llega el trabajo. Durante mucho tiempo se vendió una idea sencilla: tú aportas unas horas y nosotros te pagamos por ellas. Pero el trabajo contemporáneo ha aprendido a perforar capas más profundas. Ya no basta con comprar nuestras manos. También quiere nuestro entusiasmo, nuestra creatividad, nuestra disponibilidad, nuestra identidad. Se nos pide que pongamos pasión donde antes bastaba con poner ocho horas. La empresa ya no quiere solamente trabajadores. Quiere personas que se sientan culpables por marcharse a su hora.

Después están quienes sostienen la vida de todos los demás. Las mujeres que cuidan. Las empleadas domésticas. Las enfermeras. Las auxiliares. Quienes atienden a un enfermo durante años. Quienes preparan comidas, limpian casas, acompañan a ancianos, calman niños, recuerdan citas, compran medicinas y conocen de memoria las necesidades de una familia entera. El mundo descansa sobre una cantidad extraordinaria de trabajo que rara vez aparece en las facturas. Es trabajo invisible, no remunerado ni tenido en cuenta.

Y una de las paradojas más duras de nuestro tiempo es que buena parte de ese cuidado lo realizan mujeres que dejaron a sus propios hijos al otro lado de una frontera para cuidar a los hijos o a los padres de otra familia. Una casa se mantiene en pie porque otra casa, a miles de kilómetros, queda temporalmente sin quien la sostenga.

La extracción (on line) tampoco necesita ya contacto físico. Llevamos una cantera en el bolsillo. Cada clic, cada búsqueda, cada fotografía, cada conversación, cada segundo de atención alimenta sistemas que conocen nuestros deseos antes de que nosotros mismos sepamos formularlos. Nuestra vida cotidiana produce un material nuevo: datos, preferencias, emociones, hábitos… Incluso aquello que creemos gratuito puede tener un precio. Si no pagamos por algo, conviene preguntarse qué parte de nosotros está pagando por utilizarlo.

También las culturas pueden convertirse en yacimientos. Una lengua, una tradición, una estética, una música, una gastronomía o un ritual pueden ser arrancados de su territorio, vaciados de significado y devueltos al mercado convertidos en decoración.

Y hasta la necesidad de encontrar sentido ha encontrado su propia industria. Se venden respuestas rápidas para preguntas que necesitaron siglos. Se empaqueta la espiritualidad, se comercializa la calma, se convierte la angustia en producto y la inseguridad en oportunidad de negocio. Incluso nuestra fragilidad puede cotizar en bolsa.

La política conoce otra forma de perforación. Durante unas semanas nos llaman por nuestro nombre. Nos escuchan, nos prometen, nos necesitan. Después de depositar el voto, volvemos a ser una cifra. El ciudadano se convierte en materia prima electoral y la indignación, en combustible para la siguiente campaña.

Los medios tampoco siempre miran: extraen. Un rostro llorando vale más que una persona que llora. Una intimidad expuesta genera audiencia. Una tragedia puede convertirse en contenido antes de que sus protagonistas hayan tenido tiempo de comprenderla. El dolor ajeno deja de ser una experiencia humana y pasa a ser una unidad de consumo.

Lo inquietante de todo esto es que no existe una frontera limpia entre quienes extraen y quienes son extraídos. Todos ocupamos ambos lados alguna vez. Podemos exigir cuidados y olvidar quién nos cuida. Pedir atención y no escuchar. Utilizar una amistad. Convertir a nuestros padres en una reserva permanente de recursos. Esperar que nuestros hijos cumplan aquello que nosotros no pudimos cumplir. Pedir compromiso a un trabajador mientras llamamos “vocación” a su renuncia. Compartir una fotografía de alguien vulnerable porque nos parece hermosa. O votar una promesa porque satisface nuestra necesidad y olvidar después a quien la hizo.

La cantera también puede estar dentro de nosotros. Tal vez el problema no sea solamente cuánto extraemos, sino haber aprendido a mirar las relaciones con la lógica de una explotación minera: ¿qué puedo obtener de ti?, ¿qué puedes darme?, ¿cuánto tiempo me queda?, ¿qué rendimiento tiene esto?, ¿qué recibo a cambio?

Frente a esa lógica existe otra palabra mucho menos moderna y bastante más difícil: reciprocidad. No significa llevar una contabilidad exacta del amor. No consiste en devolver cada favor como quien liquida una deuda. Significa saber que el otro no es un recurso. Que una persona no está en nuestra vida para abastecernos. Que cuidar no otorga propiedad. Que recibir no concede derechos sobre quien da. Que acompañar no convierte al acompañado en deudor.

Quizá una relación empieza a ser verdaderamente humana cuando dejamos de preguntarnos qué podemos sacar de ella y comenzamos a preguntarnos qué estamos haciendo para que el otro pueda seguir siendo libre dentro de ella. Porque una cantera, cuando se explota demasiado, termina vaciándose. Una persona también. Y quizá una de las formas más silenciosas de violencia de nuestro tiempo consista precisamente en eso: en ir vaciando a alguien poco a poco mientras seguimos diciéndole que lo necesitamos. Hasta que un día ya no queda piedra. Solo el hueco.

Txema García, periodista y escritor

Sobre Txema García 34 artículos
Periodista. Escritor

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