En las discusiones de oratoria se sabe que cuando surge el insulto, la confrontación ha sido ganada de largo por quien lo recibe. El insulto es el fracaso de la razón. Quien insulta es porque carece de argumentos, porque se le acabaron o se le acaballaron en la garganta ante el talento del/la adversaria o la rabia inunda la mente incapacitándola para esgrimir algo coherente que desfalque al de enfrente.

Se sabe y en las tertulias duras, esas que se producen a puñal y soga, se utiliza mucho. Encabronas al de enfrente, sorteas diversos argumentos afilados como estilete hasta producir daño…el otro salta e insulta. ¡Bingo! has ganado la partida. Experta en eso que digo era Macarena Olona, ¿recuerdan que confesó la técnica en una entrevista de televisión? Reconoció, la infame, que a la única que no había conseguido romper era a Yolanda Díaz, cuando andaba en lo alto esgrimiendo datos y tal.

A las mujeres se nos insulta mucho. Hasta los treinta a la mínima negativa a ofrecer favor del tipo que sea, o si mostramos displicencia o superioridad, o perdemos la sumisión que el patriarcado nos supone la norma el insulto común es: puta. Te lo escupen en la cara como un salivazo doliente que te horada. Al ser jóvenes y poco curtidas lo solemos recibir con una mezcla de dolor y rabia. A mí me lo han llamado mucho, por eso lo sé: Me separé el 1986, divorciándome (con un divorcio duro, que diría Feijoo) en 1988, aunque me aconsejaron mesura e hipocresía, no hice caso, disparándome mientras chapoteaba en la bien estrenada libertad, porque ni lo uno ni lo otro han sido norma común para mí. Decidí que la vida es una, que la juventud es breve y que una decide como vivir para que cuando llegue la muerte la miremos a los ojos y podamos decirle con chulería: “ven cabrona, que me coges bien vivida” Por tanto, imaginen en esos años una tía que decide vivir como le viene en gana disfrutando de los ochenta y los noventa que fueron todo lo explosivos que imaginan y más. Por tanto, puta y zorra eran epítetos comunes.

No les engaño, a lo de puta reaccionaba mal. Me enfurecía lo más grande, no tanto por mí sino porque el insulto lo tomaba como algo intrínseco al género. Fíjense que no tiene masculino la palabra puta, será por algo. Mi enfado procedía de un feminismo intrínseco que me hacía vibrar ante lo que consideraba agresión por ser y formar parte del colectivo mujer. Entonces (y ahora, por desgracia) se nos agredía mucho. Y no se veía mal que un tipo te sobara, te manipulara…había debito matrimonial y todo. Y si te negabas o parabas el sobe: puta . Ante cualquier cosa que ellos consideraran afrenta: puta.

Cumplida la treintena, no importa que sigas estando triscona porque a ellos la juventud les atrae como si estuvieran poseídos por la vileza de la pederastia, la cosa cambia. Ya no eres puta porque el hombre considera que existe una frontera de edad en la que te conviertes en no apetecible. Y esa frontera son los treinta. En ese momento los insultos se dispersan. Ya no eres puta, eres menopáusica, vieja, mal follada, solterona que te vas a quedar sola con gatos…
Como verán la cosa toma diversidad y tintes más descriptivos.

Desde hace un tiempo observo con divertimento -se me pasaron los furores juveniles en los que mi boca podía escupir fuego ante la imbecilidad machuna- que los señoros se han hecho con un apelativo que sueltan con ligereza por doquier: Charo. Y yo, curiosa como soy, voy a describirles quienes son las charos, por si les cae el epíteto en cualquier momento, que seguro alguno cercano lo tiene en la boca y a la mínima les sale solo.

¿Qué o quiénes son las charos?
Somos señoras añosas (creo que a partir de treinta y cinco o cuarenta hasta el infinito) que mostramos talante combativo y juvenil, con viraje claro hacia la izquierda. Señoras que nos manifestamos, que llevamos palestina al cuello, nos reímos fuerte, zascandileamos en viajes o pandilleamos con nuestra gente en terrazas después de un concierto o la manifestación de turno. Con arrugas y con carácter zurrido por las luchas que durante años hemos mantenido sin descanso.

Esas somos las Charos. Enseguida que muestras afinidad con el genocidio de Gaza: Charo. Si nos enfada el auge de la ultraderecha y la combatimos con ganas: Charo. Si nos encabronan los crímenes machistas, las violaciones y abusos sobre mujeres: Charos. Si nos enfurecemos ante el discurso que MAGA lanza al aire y los mermaos magalufos (de MAGA, no de Magaluf, no se me equivoquen) lo disparan a la mínima, léase: el inmigrante nos quita el trabajo, o recibe paguitas que quitan a la abuela, nos invaden los musulmanes y quieren reemplazar la cultura cristiana (ay, José Manuel, si fueras a Andalucía, hijo mío, verías como cundieron los ocho siglos de musulmaneo andalusí por el sur peninsular, así como si atendieras un poco a la etimología te darías cuenta, so lerdo, que el patrimonio idiomático dejado por el mundo árabe nos llena de sonoras y hermosas palabras que descienden del imperio de Alá; como la gastronomía…(de qué ibas a tomar turrón en Navidad sin ellos) Sin fijarte en que la tradición musulmana es cuanto menos similar (siendo generosa) que la cristiana, te verías ridículo emprendiendo un discurso inconexo sobre el Gran Reemplazo, o filfa similar.

El epíteto Charo ha tomado forma objetivizante que nos esgrimen en cualquier momento y lugar. Puede seguirse de “mira la Charo, que vive sola y morirá comida por gatos” Que pensamos nosotras, que obsesión tienen con los gatos estos chicos machotes.

Lo que ignoran los catetos del charismo es que en el momento que nos nombran como Charos, sabemos que estamos ganando la partida semántica y la otra. La del tiempo de lucha, la del tiempo que, estamos bien seguras, es feminista y esa es su rabia y origen del epíteto.

Por tanto, les aseguro, que recibimos lo que ellos suponen insulto como condecoración precisa de nuestro triunfo. Con cada Charo que nos espetan, realizamos una nueva muesca en nuestra canana de peleas ganadas.
Así que ya saben, cuando les llamen Charo, han (hemos) ganado la partida que estemos jugando en ese momento así como la otra, la más grande, esa que llamamos tiempo feminista.
María Toca Cañedo©

Buenos días, María.
Tu eres mi «Charo» preferida…
Y pensar que mi primera novia se llamaba así….
Tengo una gran compañera con ese nombre…pobrecitas. Un abrazo y gracias
Cualquier Charo se come un fascista por las patas sin salírsele un pelo del moño 😜💪✊
No…que horror, comer basura no es lo nuestro. Ponerlos en su sitio, las cloacas de donde salen, eso sí. Y a gusto.