Dicen que hubo dos Españas. O tres. O varias. Quizá solo fuera una pero tan dispar en su sociología que nos da para mucho.
La historia que les traigo tiene preliminar porque de no hacerse, no se entendería.
Durante el gobierno de Lerroux, llamado bienio negro porque deshizo los avances sociales logrados durante los dos años anteriores, surgió un escándalo en la opinión pública que hizo saltar al gobierno y dimitir a Lerroux dejándonos un acrónimo que definiría muchos de los negocios que conformaron la España poderosa.
Una de ellas.

La historia da comienzo cuando dos personajes avispados, Daniel Strauss e Ignacio Perel, inventaron un nuevo tipo de ruleta eléctrica para los casinos. Tenía una particularidad: estaba trucada. Mediante un botón o pedal disimulado, la banca o el crupier podían controlar dónde caía la bola o alterar el azar a su favor.
En aquella época en España, los juegos de azar y los casinos estaban estrictamente prohibidos por ley. Para poder introducir esta máquina en los grandes casinos españoles (como el Gran Casino de San Sebastián o el Casino de Mallorca), Strauss y sus socios necesitaban permisos gubernamentales especiales.

Para conseguir las licencias, recurrieron al soborno de altos cargos políticos del gobierno de la época, ofreciéndoles comisiones e ingresos derivados del juego. Descubierto en engaño, el escándalo salpicó de lleno al Partido Republicano Radical, que gobernaba en coalición con las derechas en ese momento en España.
Estos fueron los principales implicados:
Daniel Strauss; cerebro del negocio y promotor del juego junto a su socio Jules Perlowitz además de Josef Lowann, coautores del proyecto. Strauss. Viendo que las autoridades terminaron clausurando las ruletas y que los políticos no le devolvían los favores pagados, tiraron de la manta enviando una carta con pruebas de chantaje al presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora.
Alejandro Lerroux era Presidente del Gobierno español como hemos dicho. Aunque no hay pruebas de que recibiera directamente dinero su figura política quedó completamente destruida por el escándalo al estar involucrado su entorno más cercano como Aurelio Lerroux su hijo adoptivo , que fue uno de los principales beneficiarios de los cobros y sobornos de Strauss.

Otro implicado en el feo asunto fue Joan Pich y Pon, Alcalde de Barcelona y gobernador general de Cataluña, famoso por las meteduras de pata lingüísticas que recibieron el nombre de pichiponadas. Este tipo fue quien intercedió activamente para favorecer la implantación de la ruleta. Y por último, Rafael Salazar Alonso, exministro de la Gobernación, acusado de facilitar los primeros contactos para autorizar el juego beneficiándose del amaño.
Al poco tiempo el saber popular realizó raudo el acrónimo con los inventores del artilugio, quedando de la siguiente forma: STRA por Daniel Strauss (empresario holandés/mexicano). PER por Jules Perlowitz (su socio holandés o polaco). LO por Josef Lowann (el tercer socio involucrado).

De esta forma nació lo que se dio en llamar el estraperlo. Lo cierto es que hubo dos estraperlos, repartidos por el país. Como las Españas de las que hablábamos . Una con mucho poder o cercana al mismo, realizando transacciones tan ilegales como importantes; la otra sobreviviendo como pudo y la dejaron.
La hambruna de esos años fue terrible, producida por el empeño de las autoridades franquistas en imponer la autarquía, que no era más que la idea de consolidar una producción tanto alimentaria como industrial, autosuficiente para todo el país. Este sistema, más que por ideología, se impuso debido al aislacionismo que el resto de países sumieron al régimen franquista. Nadie quería nada con una dictadura amiga de los derrotados Mussolini e Hitler.
La autarquía, además de improbable como teoría económica, tenía un problema al imponerse en nuestro país. España estaba depauperada después de la guerra, con cientos de miles de hombres presos, o exiliados, además de los muertos en combate y fusilados. Los campos estaban sin cultivar durante años y las infraestructuras industriales destrozadas. A todo ello había que sumar los quintales de alimentos, minerales y productos españoles que salía hacia Alemania con el fin de abonar la deuda contraída por Franco por la ayuda recibida durante la guerra. En el país no había nada que comer ni nada que producir debido a la destrucción de la escasa infraestructura habida antes de la guerra y las ciudades y pueblos estaba desbaratados por efecto de los bombardeos

La hambruna mató más que las bombas, y no es exagerado decirlo. Historiadores calculan que perecieron de hambruna de y de enfermedades derivadas de la carencia alimentaria del orden de 200.000 a 250.000 ya que la falta de nutrientes agravaban hasta la muerte afecciones que de otra manera no hubieran sido letales. Nadie que pasó aquel periodo olvida la obsesión por el pan, alimento básico con el que soñaban gran parte de España. La otra, la rica, la cercana al poder no pasó ni hambre ni carencias. Durante la primera postguerra, en Madrid se celebraban fiestas postineras, ilustres damas de la aristocracia las seguía vistiendo Balenciaga y los comercios de lujo existían con largo rendimiento.

Nunca olvidaré cuando desempeñando mi profesión de nutricionista, llegué a recomendar a una persona mayor — aquejada de problemas intestinales ligeros- la ingesta de pan de centeno respondiéndome con enfado:
–He comido el suficiente pan negro durante la postguerra para que ahora me venga usted a mandar de nuevo que coma esa mierda. Nunca, jamás volveré a comer pan negro ¿lo entiende?

Hablemos del primer estraperlo. El de los poderosos que forjó las fortunas que siguen hoy luciendo lustre. Se trataba de los implicados en la guerra de forma directa, o afines al Movimiento (falangistas, requetés, católicos recalcitrantes, amigos de autoridades y familiares varios) los cuales conseguía permisos de importación o licencias, que bajo mano entregaban en el ministerio del ramo. Coches, trajes de lujo, joyas, seda, pieles, gasóleo, medias de cristal, whisky…Todo llegaba a las casas de quien podía pagarlo sin problema. Y para eso estaban los estraperlistas de postín que se enriquecieron de forma espectacular en pocos años gracias a las licencias que proporcionaban las cercanías al poder dictatorial, y caían en manos del amigo, pariente o querida, con las consiguientes suculentas comisiones que se quedaban en los despachos.

Y llegó la penicilina. La tuberculosis hacía estragos en el país además de otras enfermedades infecciosas, como el tifus exantemático, pelagra, malaria, sarna, difteria, viruela…Todo el mundo había escuchado hablar del milagro que supuso el descubrimiento del doctor Fleming, pero solo accedía a la cura milagrosa quien podía pagarlo.
La penicilina de estraperlo llegaba a España por diversos cauces, uno de ellos, quizá el más y mejor surtido fue a través del Campo de Gibraltar por donde las matuteras recorrían cuarenta o cincuenta kilómetros de ruta peligrosa desde los pueblos cercanos hasta Gibraltar, adquiriendo allí el preciado tesoro que salvaba vidas, además de harina, huevos, aceite. También, si había suerte, medias de cristal para alguna joven casadera.

Claro que estas mujeres del sur de España, o de la Raia de Portugal tanto gallega o extremeña no transitaban ministerios en busca de licencias de importación o acceso oficial a permisos millonarios. Eran las estraperlistas o matuteras humildes que se jugaban la vida, la salud y la integridad física con el unico fin de dar de comer a familias enteras.
Ya les dije, la otra España. La que se deriva de los perdedores. En su mayoría eran huérfanas, viudas o esposas de presos políticos .

Mientras las viudas del bando ganador recibían honores, paga y/o un estanco o portería o les permitían regentar pensiones en zona de postín donde se ganaban la vida de forma más que decorosa, las viudas de los perdedores, o las que tenían al marido, padre, hermano o novio preso o exiliado, no recibían más que desprecio, humillaciones y abuso.
Había madres con varios hijos pequeños que alimentar a las que no les quedó más remedio que echarse a los caminos vestidas de luto con sayones a los que previamente cosieron grandes faltriqueras y bolsillos internos donde colocaban la mercancía. También lo acarreaban en la ropa interior o en cestos en los que disimulaban con yerba o paja alimentos, tabaco o la gloriosa penicilina.

Donde hubiera un hueco ahí escondían las mujeres del sur, las extremeñas y las gallegas lo adquirido tras pasar la frontera.
Solían caminar en grupo para protegerse de robos, violaciones o de la agresividad de los guardias civiles que las detenían, de encontrarlas. Se hacían kilómetros a pie, a veces en dos o tres jornadas, durmiendo al raso en el monte, evitando los caminos transitados, siempre alerta a que no apareciera la Guardia Civil que incautaban los productos pagados previamente por lo que se perdía la carga y el dinero. Si eran detenidas o incautadas suponía la ruina de meses y la falta de alimentos para los que esperaban en casa.
Nos llegan historias muy duras de estas mujeres y de sus hijos, en muchos casos niños pequeños que quedaban al cuidado de una vecina o de la hermana mayor, mientras la mujeruca recorría cuarenta, cincuenta incluso más kilómetros por el monte.

La parte más peligrosa de la aventura era la vuelta con las provisiones ya que el peligro de incautación y del fielato que se encontraba a la entrada de los pueblos, era frecuente. No olvidemos que el estraperlo era ilegal para las matuteras, castigándose con dureza a quien lo realizaba. Es evidente que para los trasiegos ministeriales o de gente influyente no había más peligro que el ministro o el director general de turno cayera en desgracia o se maquinaran venganzas…

Como dijimos, la imposición de la autarquía en un país expoliado tenía la consecuencia de la total carencia de todo, es por ello que el estraperlo tenía sentido y suponía un escape para el hambre…a quien pudiera pagarlo. El gobierno, fue consciente de la hambruna terrible por lo que impuso el racionamiento, que fue un sistema estatal de control absoluto sobre la producción, distribución y venta de productos de primera necesidad. Fue implantado por el régimen franquista tras la Guerra Civil, desde 1939 hasta 1952, mediante el cual se pretendía gestionar la extrema escasez de alimentos en un país devastado, empobrecido y aislado internacionalmente.

El pilar de este sistema era la Cartilla de Racionamiento, un documento personal e intransferible que concedía el derecho a comprar una cantidad determinada de alimentos a precios fijados por el Estado. Tener dinero no bastaba para comprar comida: si no tenías el cupón correspondiente en tu cartilla, no podías adquirirla legalmente. Por eso, quien podía, reiteramos, recurría al estraperlo.

En las cartillas de racionamiento, las familias se dividían en categorías sociales según su nivel de ingresos y el tipo de trabajo del cabeza de familia. Las asignaciones de comida cambiaban según estas clases:
| Categoría | Perfil | Cantidad de alimento asignada |
| 1.ª Categoría | Rentas altas o puestos de responsabilidad | Asignación completa |
| 2.ª Categoría | Rentas medias o asalariados comunes | Asignación intermedia |
| 3.ª Categoría | Rentas bajas, obreros y desempleados | Asignación mínima |
Con el tiempo, este sistema absurdo se adaptó a las necesidades físicas más que a la posición económica o laboral de los adjudicatarios. Los trabajadores de esfuerzo pesado o con familias numerosas recibían cupones con cantidades ligeramente mayores.
Las cartillas contenían hojas compuestas por pequeños cupones o sellos de papel. Cada uno correspondía a una semana o un mes y a un alimento específico (pan, aceite, azúcar, garbanzos, jabón).

El procedimiento era estricto: al acudir a la tienda de abastos asignada, el comerciante pesaba el alimento, cobraba el importe en pesetas y cortaba con tijeras el cupón exacto de la cartilla para inutilizarlo.
Los productos intervenidos eran principalmente:
- Pan y harina (el alimento base de la población)
- Legumbres (lentejas, garbanzos, judías)
- Aceite de oliva
- Azúcar, café o achicoria
- Arroz y patatas
- Jabón, carbón y tabaco

Las cantidades eran totalmente insuficientes. En los años más duros (década de 1940), la asignación semanal por persona podía reducirse a 150-250 gramos de pan al día, un chorrito de aceite a la semana o unas pocas decenas de gramos de azúcar al mes. La carne, la leche o el pescado apenas existían en la cartilla oficial.

Las consecuencias de tales rescisiones de alimentos no tardaron en hacerse notal como explicamos más arriba, llegando a una extrema desnutrición de la depauperada población española apareciendo las enfermedades citadas derivadas del hambre. El «pan negro» que tanto detestaba mi paciente, estaba hecho con mezclas de harina de inferior calidad como la de garbanzo o cebada y con suerte un poco de centeno, causando graves problemas digestivos ya que incluso en muchas ocasiones llegaba con trozos de saco o pequeños palos que se les añadía a los chuscos para hacerlos pasar por más grandes.

No olvidaré la terribles historias escuchadas a mi abuela sobre la desesperación que le producía ver a sus hijos clamar de día y de noche por “pan” Porque esa era la palabra que los niños de esa parte de España aprendía primero: “mama, pan”
Como un cuchillo, contaba la Modesta y tantas madres y abuelas de España, se le clavaban esas dos palabras en la cabeza.

El racionamiento decretado por el gobierno de la dictadura duró 13 años; no se suprimió definitivamente hasta mayo de 1952 cuando la producción agrícola comenzó a recuperarse y finalizó el aislamiento económico internacional de España al volver a llegar embajadores, abrirse las fronteras y la ONU admitió a la dictadura española como miembro.

Decimos que una parte de los estraperlistas ganaron fortunas acarreando alimentos y productos de lujo para quien podía pagar, pero no fue así en el caso de las matuteras o estraperlistas. Ellas solo podían traer pequeños lotes de pan inglés (adquirido en Gibraltar y muy apreciado) acarreando también latas de mantequilla o de leche, liquida o en polvo, algo de aceite que se consideraba oro puro, así como huevos, alimento muy cotizados pero de difícil tránsito y ocultación por su fragilidad. Se acarreaba tabaco adquirido en Gibraltar que tenía buena venta, además de servir como prebenda ofrecida a la pareja de guardias o al encargado del fielato. Algunas matuteras ajustaban de antemano las mordidas con las autoridades con el fin de que hicieran la vista gorda en el transito desde el lugar de las compras hasta el pueblo de origen, donde se vendían.

La penicilina solía ser un encargo. Alguien con un enfermo en casa recurría a las matuteras, pero era más probable que el encargo se dirigiera a los estraperlistas del otro tipo, a los importantes que ajustaban los precios de las dosis de penicilina –debido a su escasez los precios eran astronómicos tanto que muy pocos podían pagar– por lo que la traerlos en lotes grandes, se conseguía un abaratamiento.
En tiempos de la monarquía borbónica, los pobres que no podía pagar el pecunio iban a dejarse matar en la guerra de África; durante el franquismo, quien no podía pagar el medicamentos o alimentos de estraperlo moría aun existiendo el remedio y la cura…Como ven, el pobre solo tiene un precio que es su vida.

Las abuelas nos cuentan historias duras de esa época. Realizaban milagros para alimentar a su familia, como por ejemplo las tortillas sin huevos ni patata*. En ocasiones se cocía la peladura de patatas encontrada en los despojos de otra casa más afortunada. También se hacía sopa con harina, incluso con piedras bañadas por el mar, o calentando agua con cualquier cosa para acaldar las tripas vacías.
Evidentemente, no se veían gatos por la calle, pocos perros y también desaparecieron durante años las palomas, gaviotas y pajarillos varios.

La historia épica de matuteras y estraperlistas que atravesaban cincuenta o más kilómetros a través del monte, calzadas con alpargatas soportando las inclemencias del tiempo, con riesgo a ser incautadas o detenidas, a perder la carga y tornar a casa con las manos vacías mientras los hijos que aguardaban volvían a entonar la frase de “mama, pan” merecería ser contada con detenimiento porque refleja mejor que la historia sociologica, la realidad del país durante la postguerra.

Años terribles que se han silenciado como a los malos recuerdos por quienes los padecieron y con mala conciencia de quienes aprovecharon el hambre, la miseria y la humillación de los derrotados para hacer fortuna.
Quizá sea esos los que entonan ahora el “con Franco se vivía mejor”.
Tienen razón. Ellos sí.
María Toca Cañedo©
*Tortilla sin huevo ni patata. Se rebañaba la piel blanca de la peladura de naranja, se dejaba ablandar en agua. Mientras se batía en agua un puñado de harina, juntándose todo en la sartén se llegaba a la mesa con una apaño sin nutrientes y sin sabor pero al menos saciaba la desesperación.
Agradecimiento a la Casa de la Memoria en Jimena de la Frontera, Cádiz de la que hemos tomado fotos de matuteras debido a la gran exposición que realizó.
https://lapajareramagazine.com/hambre-y-fortunas-cara-y-cruz-de-la-misma-moneda
https://lapajareramagazine.com/autarquia-fracaso-economico
https://www.youtube.com/watch?v=XnulDT_Wv2M
https://www.youtube.com/watch?v=mpCxTYN3dG4
https://www.youtube.com/watch?v=pH7tFCl8y20
https://galiciaagraria.blogspot.com/2011/06/cronica-del-estraperlo-en-la-feria-de-o.html

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