Ahora que estamos ya en las postrimerías de un ciclo político y esperamos la llegada de la derecha a todas las instancias del poder (faltaba solo el gobierno del Estado, dado que ya estaba ocupado el poder judicial, los aparatos de seguridad, la mayoría de los gobiernos autonómicos y, claro, la cúpula empresarial, por no hablar del mapa mundial), me gustaría saber cuánto ha contribuido la guerra cultural. Dejando a un lado a los periodistas tradicionales del combate cultural, (los Jiménez Losantos et alii), el nuevo fenómeno ha sido la aparición de especialistas en la ambigüedad que han encontrado un nicho económico fructífero en la crítica ambivalente a todo lo woke. Muy gramscianos en sus formas, muy neoliberales en sus métodos, han seguido una trayectoria que estoy seguro que ha sido muy rentable económicamente aunque, esa es mi pregunta, no sé cuánto políticamente.
El ascenso de los movimientos sociales y la crisis de la izquierda están mucho más relacionados de lo que parece: se disuelven los partidos tradicionales, incluidos los «nuevos» partidos aparentemente alternativos –en el fondo versiones de la socialdemocracia– y se difumina la resistencia social hacia formas indirectas a veces muy alejadas de la política, como ocurre con el animalismo, o con otras envueltas en políticas de agravio, o, en fin, en diversas formas de tácticas oblicuas como las que estudió James Scott, que han contribuido, por un lado a la atmósfera «woke» y al casticismo y catetismo antiwoke (muy divertido el artículo de mi colega Ignacio Sánchez-Cuenca )

https://elpais.com/autor/ignacio-sanchez-cuenca/#?rel=author_top.
Esta guerra cultural es nueva por todo el mundo y ambivalente políticamente hablando. Los partidos tradicionales surfean la guerra cultural: la izquierda incorporándola como una máquina de tópicos y mantras, y la derecha, igual, incorporándola como otra máquina reactiva de tópicos y mantras.
Algunos influencers se han forrado literalmente prometiendo a la derecha los votos del resentimiento, pero, es mi modesta opinión, más allá de este beneficio económico, el ciclo de poder de la derecha está impulsado por fuerzas más profundas que inspiran una suerte de amor fati a muchas capas de la población que, sin embargo, viven sus contradicciones culturales de maneras muy diversas y caleidoscópicas, muy distintas a los estereotipos de la guerra woke-antiwoke. Cuando la derecha inunde definitivamente todo el espacio político y social, muchos de estos influencers perderán audiencia y, o bien serán despedidos (Roma traditoribus non praemiat), o bien, como está ocurriendo en Estados Unidos, cambiarán su discurso para mantener la audiencia, o ambas cosas.
En fin, vivir para ver.
Fernando Broncano

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