Si tienes hambre. 

«Si tienes hambre, cómete un plato de acelgas. Eso me dice todo el mundo. Y claro, es que no es hambre lo que tengo exactamente y en casa no paro y no logro calmarme.
Ya comía compulsivamente y atracaba la nevera muchas noches, a veces después de la siesta, las más de las veces sin motivo ni necesidad. He estado muchos años purgándome también y dejando de comer por épocas. La restricción ha sido mi hermana.
Compensar un dulce o una pizza.
Ahora cuando leo que no pasa nada por engordar me enfado mucho. No pasará nada para ti, pero yo me miro en el espejo a cada hora, hago poses para ver si tengo grasa en algunas partes.
Si descubro zonas que han aumentado o variado de forma me falta el aire, me cuesta respirar y pienso que mi cuerpo se descontrolará de tal manera que nunca volveré a ser la misma, que ampliaré mis proporciones hasta límites en los que no me reconoceré.
Llámame frívola, pero tengo miedo de que la gente me suelte, después unas vacaciones o días libres, que he engordado o que me miren los muslos, el pecho, el culo, así con cara de qué poco te cuidas.
Así que te parecerá ridículo, pero mi mayor angustia es estar de descanso pasear, airearme y nunca, nunca olvidarme de la comida, de lo que voy a ingerir, de si después de un banquete con amigos voy a cenar o no, de mi vientre presente por encima de lo que me gusta observar.
No puedo olvidarme de que la comida siempre ha sido mi placer, medicina y mi tormento.
Y además de eso, me culpo por mi propia gordofofia, por avergonzarme de mí al coger algo de peso y además seguir dentro de la norma. No encuentro salida».
Todo esto me confiesa ella con voz susurrante.
Pienso en todas las personas, mayoritariamente mujeres, para las que el cuerpo no es refugio ni casa, para las que comer o dejar de hacerlo es castigo y a la vez amante, siempre dispuesto a calmar y arrullar.
Pienso y me siento cerca de todas aquellas que buscan acogida y manta en forma de hidratos o se anestesian en el falso control de no ingerir nada, para los que no pueden convivir con el reflejo propio, la imagen personal fluctuante, con la nevera.
Pienso y observo en cómo convivir con la disonancia de los «mukbangs» de redes sociales todo el rato, con quien se zampa en un «reel» doce Donuts como si nada ocurriera. Con quien habla de «cheetmeal» en vez de llamarlo atracón.
Pienso en los dolores corporales y en cómo estamos glorificando el daño propio en forma de postres fit, cintas métricas y rutinas de alimentación en las que sólo falta comer piedras y justificarlo en nombre de la salud.
Pienso en la locura en la que nos manejamos, observo personas corriendo al supermercado a por la última chocolatina que acaba de sacar una empresa, con sabor a pistacho y chocolate Dubái.
Para todas las mujeres, para aquellos en los que el placer converge en suplicio y laberinto, aquí va mi abrazo y mi comprensión.
Para estos días de descanso (quien pueda), para los días de socialización, postres enmelados y cervezas al sol, un abrazo enorme en tu dificultad, amiga.
Haz lo que puedas, respira y mucho amor para tu cuerpecito.
Mucho.
Por si sirve.
María Sabroso.
*Un mukbang es una transmisión en vivo en la que una persona consume grandes cantidades de comida frente a una audiencia en línea. Se deriva de la palabra coreana «muk-bang», que significa «comer transmisión.
Sobre María Sabroso 177 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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