Tiempo de maldad.

 

Hemos visto un pogromo que pudo acabar en linchamiento. Un coche en el que van jóvenes de una ONG navarra y una diputada, Julia Ferreras,  de la Asamblea de Ceuta, conocida por tanto, siendo atacados por una turba que rompió los cristales del vehículo, la intervención policial,  confirman los protagonistas,  salvó sus vidas. No tenemos noticia de que la policía cargara contra la jauría ni identificara a ninguno.

Era una turba de gente normal, suponemos. Quizá hubiera personas molestas por la cantidad de jóvenes inmigrantes que andan por la calle, pero vecinos amables hasta que de pronto se convirtieron el remedos del peor Ku Klux Klan, prestos a linchar a gente inocente.

Escuché en la radio que una familia con niños  de corta edad había sufrido un desahucio brutal, donde los pequeños lloraban mientras  la policía sacaba a la madre de la casa a empellones. Se grabó un video que fue publicado en las redes de PRISA, con permiso de las víctimas. Un desahucio es algo terrible; expulsan del hogar a una familia que queda en desamparo durante tiempo. Se descuelgan las fotos, se acumulan los recuerdos en bolsas de basura y se pierde el amparo que nos supone el hogar. Incluso si el desahucio fuera producido por conducta irresponsable, a la gente normal nos produce empatía y dolor. Y si hay niños pequeños, más.

La familia que acogió a los desahuciados, llamó al cabo de unos días a las oficinas de PRISA para suplicar que se retirara el video  –dramático video en donde los nenes lloran asustados y la madre en completo desamparo sale cargada de bolsas–  Fue tal el cúmulo de odio recabado en los comentarios de Instagram que solicitaban la retirada por insoportable. La madre había sufrido colapso de ansiedad al leer las barbaridades que el visionado del citado video. Cientos de miles de personas perdieron su tiempo en insultar, amenazar y lo peor, burlarse de la situación de la familia desahuciada.

Que sí, que sabemos que muchos de esos comentarios  son generados por bots. En esta publicación hemos analizado las miserias de las granjas. Pero no solo son bots.

Hace unos días, en el artículo publicado sobre el acoso fascista sufrido por los manifestantes en Santander entre los que me encontraba, publicamos en La Pajarera una portada donde una joven racializada contemplaba desolada los alaridos de rabia de la turba. Una compañera que la conocía bien me  solicitó eliminar  la foto por las amenazas de muerte y violación sufridas por la joven durante la manifestación. Y después. La retiramos de inmediato porque temía ser reconocida por la calle y sufrir agresiones. Hace poco nos ha ocurrido algo similar  con otra persona que, al verse en la prensa, aterrada solicitó  que quitáramos su foto. Miedo, es puro miedo al acoso, a la agresión…Y no es paranoia porque miren lo sufrido en Oviedo por los dos activistas que fueron agredidos por ocho chicos de buena familia”

Hace unos meses otros chicos de buena familia –uno hijo de la alcaldesa del pueblo cántabro de Bezana—tiraron un cóctel molotov en la sede del PSOE de Santander estando lleno de gente. Una de las personas que vio el artefacto lo chutó hacia la calle salvando, quizá, de un lamentable atentado al resto de los presentes.

No dudo que las familias del Príncipe y los aledaños a las playas donde  se guarecen de noche los llegados de Marruecos sientan miedo a un robo, a un maltrato, a un asalto. Y dedico mi solidaridad a esas personas que han visto alterado su verano con la entrada de miles de personas que su propia desesperación les hace parecer peligrosos en potencia.

No olvidemos el abandono en el que han estado durante agosto…y siguen estando. Abandono injustificable porque suponemos que la cuarta economía de Europa, España, debería  tener una mayor capacidad de respuesta ante una situación de este calibre. Han estado semanas sin comida, sin agua corriente, sin aseos, durmiendo en la playa expuestos a agresiones, incendios provocados y dios sabe que cosas (los buitres de la trata sobrevuelan los descampados donde niñas desvalidas caminan sin rumbo)

La desesperación es mala consejera y no dudo del miedo que es posible viviera la población ceutí. Es más, estoy segura de que en una situación parecida yo estaría molesta porque si de pronto nuestras ciudades doblan la población, la molestia está garantizada. Claro que el turismo infame de borrachera y balconing nos tiene entrenadas a las que vivimos en zonas turísticas.

No es de ese miedo del que hablo. Porque se trata de un miedo  lógico. Se teme  al desconocido, al desesperado porque sabemos que el hambre, la sed y la falta de higiene embrutecen al ser humano hasta conducirle a realizar potencialmente actos agresivos.

Mi pregunta es ¿qué le ocurre a una persona normal que visiona un video dramático sobre un desahucio y pierde su tiempo con vejaciones, amenazas, sarcasmos, insultos hacia las víctimas? ¿Qué le hace a gente supuestamente normal asaltar un vehículo donde van cuatro o cinco personas desvalidas, convirtiéndose en turba linchadora?

¿Qué les pasa por  la mente a ocho jóvenes de buena familia, atacar a dos que portan la bandera arcoíris?¿y a dos que tiran un cóctel molotov en una sala llena de gente? Pensábamos que esos  hechos se habían dado en épocas pasadas en el Sur americano, por ejemplo,  cuando notables pedáneos decorados con capirotes y las tres KKK, colgaban de los árboles a negros por algún imaginario delito. Por ser negros, más bien.

A las personas que tenemos interés por la historia nos ha fascinado siempre qué pasó en Alemania en los años treinta del pasado siglo para desembocar en los veinte millones de asesinados en los campos de concentración. Que alucinación quebró la mente social de un pueblo culto como el alemán para producir tales monstruos. Que eran señores normales o dulces viejecitas que veían desfilar largas hileras de detenidos con la estrella de David camino de los trenes de la muerte con la indiferencia de lo cotidiano.

Nos hemos preguntando ¿qué les pasaba por la mente a los vecinos de Buchenwald, cuando según comprobó Jorge Semprún al ser liberado, desde las ventanas de todas las casas del apacible pueblecito vecino se contemplaban los hornos humeantes, el patio con los perros atacando a los presos y las fantasmagóricas figuras que deambulaban por los barracones? Los veían, pero les era indiferente, seguían con sus vidas de gente normal. De buena gente normal.

¿Qué les pasó? nos hemos preguntado muchas veces. Hoy lo sabemos. Sabemos que pasó a vecinos ejemplares que adoraban a sus hijos y cuidaban de sus mascotas, cuando denunciaban al judío, al rojo, al disidente. He escuchado  las historias de venganza y horror de la postguerra española. Como se denunciaba al maestro que quitó la cruz en la escuela, o la maestra que enseñó a leer a las mujeres y las habló de métodos anticonceptivos  siendo denunciadas poco después cuando se sabía que eso suponía violación, paliza y fosa. Al alcalde republicano, al vecino de ideas progresistas para arrebatarle la finca o las vacas. Lo he escuchado con espanto y me preguntaba ¿qué les pasó?

Ahora lo sabemos y entendemos  cuando los abuelos y abuelas nos clamaban  que no nos significáramos, que olvidásemos la política. Era como si temieran despertar a una fiera dormida. Ahora lo entendemos porque está volviendo a pasar. Vivimos en la época de la maldad. Una maldad explícita, exhibicionista, que muestra las vísceras de una perturbadora sociedad.

Yo no tengo miedo a ningún inmigrante. Me han robado españoles, bancos muchas veces, también empresas de alto valor. Alguna vez un ratero que arrambló la cartera. En mi trabajo entraron tres veces a robar. Fueron  siempre españoles. Nunca me faltó ni tuve el más mínimo problema con un/a extranjera. Mientras caminaba por Marraquech sola, en su zoco o en la plaza de Yemaa el Fenaa, recibía peticiones de limosnas e invitaciones a té, jamás agresividad o maltrato. Caminando con una amiga a altas horas de la noche por la inmensidad de El Cairo nada me ha pasado pero me pudo pasar, por supuesto.

El que me hayan robado españoles no significa más que eso…me robaron. Por tanto, mi raciocinio de persona civilizada me indica que existe delincuentes y delito pero jamás conlleva una nacionalidad. Reitero, la desesperación, el hambre y la falta de lo básico es una forma de conducir a la violencia. A un marroquí, a un senegalés, a un español… a ti, vecino furioso de Ceuta y a mí, que es muy posible que con hambre y sed asaltara un supermercado o limpiara un bolso al descuido. Por eso nos implicamos en la lucha por la justicia social porque así se erradica el delito. Claro que hay gente malvada que prefiere delinquir a trabajar (habría que analizar qué clase de trabajo y cómo está de explotado) pero eso no es imputable a la nacionalidad. Por desgracia la maldad no es tan detectable como la simplista explicación racista.

Tengo la certeza de que hay muchas personas a las que nos aterra cruzarnos por la calle, compartir ascensor o la barra de un bar con uno de los perturbados que agreden a gente indefensa, o que insultan a una familia desahuciada. A mí y a mucha gente que conozco nos produce pavor encontrarnos con una manada de ñus racistas al estilo Ku Klux Klan, que nos reconozcan por la calle como antirracistas, antifascistas, feministas, socialistas, comunistas, republicanos, liberales, cristianos afines a León XIV, integrantes de ONGs de ayuda a refugiados. O a cualquier ONG porque  ya vieron lo que hicieron con gente de Cruz Roja. Sí, de Cruz Roja, de esa Cruz Roja internacional que a lo mejor algún día nos  salva la vida.

Ese es nuestro miedo ahora mismo. No tememos al inmigrante, tememos al racista que conforma turbas de linchadores. Tememos encontrarnos en la edad de la maldad. Nos aterra mucho más que una consejera de Sanidad y una presidenta de Comunidad enloquecida y mala redomada, difamen a un cirujano prestigioso porque ha denunciado irregularidades y ha sido respondido con amenazas de mafia, calumnias gravísimas que nos recordaron el despiece que la vileza de Esperanza Aguirre, Miguel Ángel Rodríguez y los infames de su gobierno, crucificaron hasta la extenuación al doctor Montes al que nadie duda que le arrebataron la vida de forma prematura.

Confieso que eso nos da mucho miedo. Los mafiosos de la Comunidad de Madrid que fueron capaces de dejar morir a 7291 ancianos sin paliativos ni oxígeno además de perseguir acosando a la gente decente que lo denunció.

Por eso digo que ya sabemos qué pasó en los años treinta del pasado siglo. Escuchamos con desolación, incluso a personas de apariencia decente, con atisbos de izquierdismo, incluso cercanas a trabajos humanitarios hablando de “invasión” “hay que echarlos a todos” “efecto llamada” “son invasores agresivos“fronteras protegidas con tanques y soldados dispuestos a todo” y se nos hiela la sangre.

Lo escuchamos a gente tan normal como nosotras. Tanto que a veces nos hacen dudar de nuestro criterio, de nuestras creencias, de nuestros sesgos de humanidad. Porque es gente amable, sonriente, alguna incluso puede ser amiga, familia, compañera. Y hablan con absoluto desparpajo de MENAS,  afirmando que un joven de dieciséis o diecisiete años es capaz de realizar trapacerías brutales por lo que habría que expulsarle ¿A dónde? preguntamos “a donde sea, a Marruecos, a la mar si hace falta” responden con tranquilidad de gente normal que se siente solidaria.

Para que esa gente común –incluso se dicen  cristianos, gente de orden–  nos den esas respuestas, de alguna forma se ha tenido que sembrar la semilla del odio.

Medios vociferantes que sueltan cada día mentiras e infamias. Políticos psicóticos  que saben y conocen la verdad, pero mienten a conciencia. Voceros malvados que trasiegan por el bulo y la mentira más cruel diseminando la semillita de odio en almas normales.

Esa semillita crece de forma vertiginosa y ya la tenemos prendida de las buenas gentes, de los buenos vecinos, de los cristianos, incluso de la izquierda. Ya tenemos la planta asentada en el corazón de miles, cientos de miles de personas de bien.

Por eso les  confirmo que  sabemos que pasó en los años treinta en Europa. Y sabemos por qué siguen 140.000 desaparecidos en fosas de nuestra España y cada vez que lo recordamos alguien nos insulta con saña.

Hemos descubierto el misterio porque estamos, como entonces cuando las razzias, los pogromos y las noches de los cristales rotos,  en pleno tiempo de maldad.

Y me temo que volveremos a pagar caro la disfunción de perder el sentido de la humanidad y la cordura social que nos lleva a empatizar  sintiendo piedad por la desgracia ajena. Porque el camino del odio es fácil transitarle pero dura y difícil la vuelta. Fíjense, en España llevamos noventa años intentando sacudirlo y no hemos podido.

María Toca Cañedo©

Para solventar dudas sobre lo que opino en este artículo, vuelvo a recomendar el libro de  Los Amnésicos, de  Géraldine Schwarz

 

 

Sobre Maria Toca 1961 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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