Cuando la terapia y el acompañamiento sin perspectiva feminista reproducen el Patriarcado.
Cada vez más hombres heterosexuales acuden a terapia y a grupos de hombres e incluso lo nombran sin pudor.
Este hecho, que podría representar un paso hacia una mayor conciencia emocional, se convierte con frecuencia en un nuevo espacio de reproducción del poder patriarcal cuando estos procesos carecen de una mirada feminista.
Cuando el o la profesional hace equidistancia entre los relatos o aborda las relaciones de poder como si fueran meramente “sistémicas” y no estructurales, las mujeres quedamos invisibilizadas.
El discurso lo ocupa quien históricamente ha tenido mayor poder simbólico y material y la narrativa se reorganiza en torno a su dolor, su justificación y su derecho a “entenderse” «priorizarse» e incluso su derecho a arrepentirse de hechos que conllevan una responsabilidad de por vida.
La consecuencia es devastadora: la terapia o el grupo terminan validando comportamientos violentos, desresponsables o devaluando la experiencia de las mujeres, reduciéndolas a seres “demasiado sensibles”, “emocionales” o “reactivos” que se «victimizan».
Desde ese lugar, la violencia se traduce en malentendidos, la dominación en “dinámicas”, y el trauma en “dificultades de comunicación”.
Este tipo de prácticas no solo son una forma de violencia epistemológica, sino también una retraumatización. Porque cada vez que un terapeuta despolitiza el dolor, lo arranca de su contexto de desigualdad y lo convierte en una experiencia individual, está borrando el cuerpo y la voz de las mujeres que sostienen, padecen o denuncian esas violencias, negligencias graves, manipulaciones extremas o desigualdades que descapitalizan a una de las personas.
La terapia sin perspectiva feminista se vuelve entonces un lugar donde el patriarcado se reacomoda y se sofistica: el hombre sale de la consulta con un nuevo lenguaje emocional, pero sin revisar sus privilegios.
Habla de “autocuidado”, “límites” o “mis necesidades ”, mientras sigue utilizando el discurso terapéutico como herramienta de control.
Una terapia feminista no se limita a acompañar el malestar: lo politiza, lo contextualiza y lo conecta con las estructuras de poder que lo producen. No hay neutralidad posible frente al patriarcado, porque la neutralidad siempre beneficia al más fuerte.
Trabajar con hombres sin perspectiva feminista no es inocuo. Es, muchas veces, una forma refinada de perpetuar la violencia, con la legitimidad del discurso clínico como respaldo.
Por eso, acompañar desde esta perspectiva no es una opción ideológica: es una posición ética y política frente a las jerarquías del poder y el sufrimiento humano.
Las mujeres cercanas, madres, parejas, hermanas vuelven a ser testigos o contenedoras de un dolor masculino que no se hace responsable de sus comportamientos.
Personalmente parto de otra premisa:
el sufrimiento de los hombres también está atravesado por el patriarcado, pero no puede trabajarse a costa del cuerpo y la psique de las mujeres.
Sanar no es aprender a nombrar las emociones mientras se perpetúa el daño. Sanar también es hacerse cargo del impacto que tenemos en otras vidas.
Por eso, el acompañamiento terapéutico de los hombres necesita estar anclado en una ética feminista que entienda que el trauma no se sana en solitario, sino en relación.
La vulnerabilidad masculina solo es liberadora si va acompañada de responsabilidad, de reparación y de un cuestionamiento real de los privilegios que estructuran sus vínculos.
Y las mujeres tenemos que dejar de esperar, esperar, esperar, a que pase otra cosa.
¡Anda, que ahora va a «terapia» y tiene todavía más poder! Mira qué bien.
Buen día, otro día.
Por si sirve, primas.
María Sabroso.

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