Dice la presidenta de Cantabria, María José Sainz de Buruaga que con la reciente reforma de los túneles de la Engaña de Vega de Pas se devuelve “una nueva vida” a los restos del viejo proyecto ferroviario que en los años cuarenta pretendían unir Santander con el Mediterráneo. No sé lo que nuestra presidenta entenderá por el concepto “vida”, pero tras visitar el enclave el pasado seis de agosto, me atravesaron un montón de sentimientos que no definiría como tal.

Si bien ha mejorado la accesibilidad y se han habilitado espacios para el esparcimiento y disfrute del tiempo libre (ya veremos lo que duran), a pocos minutos de comenzar el paseo desde las ruinas de la estación de tren hacia el propiamente denominado “Túnel de la Engaña”, mi cabeza no paraba de repetir: “Me falta contexto histórico. Me falta contexto histórico”. Y es que quienes conocemos el lugar hace tiempo, sabemos de su importancia para nuestra historia y nuestra memoria colectiva.
Breve recordatorio o aportación de nueva información para quienes no lo sepan: el proyecto de ferrocarril entre Santander y el puerto de Sagunto se sirvió de la mano de obra de presos republicanos desde su comienzo hasta aproximadamente 1954. Sus jornadas eran de entre doce y catorce horas por dos pesetas de jornal, de las que 1,50 iban para la Jefatura del Servicio Nacional de Prisiones. Tanto por el lado burgalés (Valdeporres) como por el cántabro (barrio de Yera en Vega de Pas), la construcción de estos túneles fueron un instrumento más de castigo y represión de la dictadura franquista. Presos fundamentalmente extremeños, andaluces y murcianos, trabajaron en condiciones de semiesclavitud con el frío, la precariedad y el agotamiento por castigo.

Las antiguas casas de los ingenieros de obras, la estación de tren, los túneles de El Majoral, El Morro, El Morrito, la Engaña, una fábrica de luz, la hormigonera, un polvorín y los barracones, han permanecido décadas en completo estado de abandono hasta este 2026, en el que se han finalizado las obras de acondicionamiento. Un tímido lavado de cara que permitirá la llegada de más visitantes pero que no cuenta nada. El espacio está vacío, no habla. Lo han silenciado. Quizás quienes lo levantaron fueron seres de luz…

Siento que hemos perdido una gran oportunidad de poner paz en ese espacio recuperándolo como un lugar para la memoria, dándole voz a través de un discurso histórico didáctico y accesible a toda la población. Y que, de ese modo, además de disfrutar de un agradable paseo por un paisaje que no necesita adornos, los visitantes pudieran comprender e integrar los sucesos que nos construyen (y destruyen) como sociedad. Porque la memoria no es una cosa de rojos trasnochados que no superan que perdieron una guerra en el 36. ¿O qué sería de nosotras sin conocer las historias de nuestros padres y abuelos? ¿Cómo podríamos comprender por qué nos comportamos de una manera o de otra y por qué cargamos con ciertos traumas?
Nuestra especie vive obsesionada por medirlo todo, por el progreso y por el avance lineal. Pero los tiempos de la vida son otros, por mucho que a los historiadores nos guste ordenarlo todo en cajoncitos. ¿Cuánto duró nuestra postguerra? ¿Se difumino todo con la muerte del caudillo en el 75? Si bien el hambre y la falta de libertades es algo que (discutiblemente) hemos superado, adolecemos aún de ciertos coletazos con sabor a (aún más) venganza, pues la derecha y la ultraderecha de este país sigue silenciando y mirando para otro lado en cuestiones de memoria. Es intencionado y es retorcido. Dominan el discurso. Distribuyen los presupuestos. Configuran el guión. Nos quieren ignorantes.

No podemos permitir que sigan imponiendo este velo de falsa neutralidad y silencio sobre nuestra mirada. La Engaña, además de faraónica obra de ingeniería, debe de ser reconocida como un instrumento más de represión franquista y quienes la visiten han de saber que los agujeros de esa montaña fueron excavados con la miseria de un puñado de prisioneros republicanos. Defendamos nuestra historia y reclamemos nuestra memoria porque, de seguir así, cualquier día nos querrán vender que Auschwitz fue una fábrica de zapatos.
Noemí Gómez Pereda.

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